26 julio 2009
June 26, 2009Todo lo que quiero es que sigas siendo una extraña por siempre.
Todo lo que quiero es que sigas siendo una extraña por siempre.
Me encontraba yo en la tarde-noche con mi bolsa del super llena de compras esperando un taxi en el sitio ya que no tenía ganas de caminar con seme jante carga colgando en las manos durante diez cuadras y bajo la lluvia. Al llegar el taxi, lo abordo y noto un extraño olor a límpio, cosa que me desconcertó un momento, pero no le dí importancia. después de los protocolos de abordaje de taxi:
-Buenas tardes
-Buenas tardes joven
- a XYZ por favor
el chofer me preguntó si era yo el felíz poseedor de cambio o si era necesario ir como un par de infelices a una gasolinera a cambiar (calro, no lo dijo de esa forma literalmente), a lo que yo respondí afirmativamente a la primera opción. El chofer se disculpó por la indiscreción cometida y agregó "es que ahora si, como diría mi primo ‘no tenco cambio ni nada qué cambiar".
Resultó que el taxi había sido recientemente sacado del taller de pintura, lo cual explicaba el olor a solvente de pintura y limpieza (creo que olvidé mencionar antes el olor a adelgazante de pintura). Me comentó que había tomado esa medida graciasa la nueva disposición de que incluso tener un taxi mal pintado, es motivo para llevarlo al corralón. Yo, en la única solidaridad que pude tener en ese momento, espeté "vaya, cada vez más trabas" pero lo que en realidad pensé "ahora estos hijos de la chingada se toman la libertad de quitarnos la fuente de trabajo.
Eso pasaba mientras circulábamos por una calle llena de baches lo que provocaba una buena vebración del movil y que esta, a su vez, causó que mi huevito kinder rodara por el suelo. Entonces sí, dije "eso alguien lo tiene que pagar, ¿y quién? El gobierno, claro; ellos son los que se tienen que encargar de mantener las vias en perfecto estado, digo, si tienen la osadía de pedir y pedir dinero por medio de trámites, lo menos que pueden hacer es mantenernos las calles sin baches" siguiendo en mis pensamientos, pasé a la pregunta de ¿cómo hacer que el gobierno pague sus errores. recordé una frase de Hobbes "fuera de la cosa pública están el imperio de las pasiones, la guerra, el temor, la pobreza, la maldad, la soledad, la barbarie, la ignorancia, el salvajismo; dentro de la cosa pública están el imperio de la racón, la paz, la seguridad, la riqueza, el esplendor, la sociedad, el buen gusto, las ciencias y la buena voluntad".
Se podría pensar que Hobbes no sabía nada de lo que es la cosa pública, el estado, el statum civitatis en el que vivimos, pues en el día a día, me topo con la violencia de las calles, el temor de ser asaltado a la vuelta de la esquina, por todos lados hay pobreza (empezando por mi bolsillo que solo dá para leche, agua, galletas ácimas (¿qué? ¿Esta palabra no viene en mi diccionario avalado por la Real Academia Española? si bien lo he dicho siempre, la RAE no es de confiar), tabaco, atún y vino tinto de mediana calidad (estas dos últimas son el lujo y el café siempre me lo paga alguien más); la maldad, o mejor dicho la malicia, está en todos lados, la soledad es constante, la barbarie es brutal hasta el punto de la indiferencia y ya ni hablemos de la ignorancia mezclada de salvajismo. Cosa que refiriendome a la razón, la paz, la seguridad, la riqueza, el esplendor, la sociedad, el buen gusto, las ciencias y la buena voluntad, eso lo encuentro o dentro de mi cuarto o bien en los cafés que suelo visitar y que es dónde topo a mis amistades. Quienes no comprendemos somos nosotros, pues se ha interpretado el estado como un lugar dónde todos pueden convivir en masa, pero las masas no son buenas, el verdadero estado, y muchos asentirán, está entre los circulos de amistades confiables y nuestras cuatro paredes llamadas hogar (cuando no son irrumpidas por extraños). Lo que Hobbes si ignoraba, al menos en esta frase, es la naturaleza humana, que estando en libertad, adquiere un estado totalmente salvaje, que Hobbes dice más atrás: la libertad no hace ningún bien (cita no textual) y la función del estado es regular esta libertad, el problema es que regular la libertad es un proceso dificil, una ley genera un medio para evadirlo, este medio para evadirlo genera otra ley y esta a su vez genera otro medio de evasión cíclicamente hasta la nausea, el vómito y luego la revolución para que luego, como señala Woody Allen "cuando concluye la revolución, los <<oprimidos>> con frecuencia asumen el poder y comienzan a actuar igual que los <<opresores>>. Por supuesto, a partir de entonces es muy dificil conseguir que se pongan al teléfono y el dinero prestado para cigarrillos y chicle durante la lucha puede también darse por perdido."
A todo esto, ¿qué hacer en una situación dónde no se puede optar partido entre revolución o estado? Yo voto por la desobediencia civil, en otras palabras: joder a quien jode inclementemente.
P.D. Próximas votaciones: ningún candidato merece nuestra simpatía, tampoco el voto blanco. Anoten el nombre de Juancho Reatas (o el nombre que se les antoje, el suyo por ejemplo) en la sección de candidatos no registrados y sean felices, úrguense la nariz, rásquense el hombligo, fumen en lugares cerrados o lo que sea.
Hace una semana que he vuelto a tener trabajo. no digo que tal trabajo me llegó en buen momento, pasé unos cuantos sías contando ya mis últimos pesos debido a que el famoso regreso a clases se bebió lo que había ahorrado en los meses anteriores. En sí, mi trabajo es como el programa de american chopper, solo que en vez de motos, se fabrican calderas, los personajes en tal empresa, ninguno es formido, más bien flacos y si alguno puede presumir de un volumen extra en su cuerpo, es una portentosa barriga de chelero; en vez de darnos de golpes entre uno y otro por las tensiones, se chinga al compañero a la mexicana, en palabras más explícitas, a base de albures, dimes y diretes; aparte de que no hay cámaras de televisión… tuviéramos tanta suerte.
Estaba tan aburrido que dije: "¿por qué no postear algo?". Sin embargo, después de estar un rato frente a la página, no se me ha ocurrido cosa alguna…
Mis mejores momentos los he pasado urgandome la nariz
Saco mi último par de calcetines del cajón. Están llenos de agujeros y remiendos.
El arrugado paquete de cigarros recuerda que debo de comprar más
Mi pila de ropa sucia y acartonada a falta de agua…
Sin ánimos siquiera de extender las sábanas
No se cuántos días van en que estoy viendo esa fila de hormigas recorriendo todo mi cuarto. ¿Qué buscan en mi cuarto? Aplasto algunas cuantas con mi dedo, no por diversión, no por aburrimiento. Detesto la idea de que subirán por mis pies, por mis brazos; así que yo me subo sobre ellas primero. Qué sepan lo que se siente.
El olor a perfume de puta mañanera de la vecina que ha pasado frente a la ventana se esparce por todo el cuarto haciéndome estornudar.
Odio a esa vecina.
¿De donde se me habrá ocurrido eso de puta mañanera?
Le sorbo al café.
La verdad es que nadie se imagina a una puta mañanera. Una puta mañanera tiene que ser algo de lo más grotesco.
Prendo un cigarro.
Puta mañanera, eso es una genialidad.
Apuesto a que nunca antes alguien había pensado en una puta mañanera.
Me sirvo un jugo de manzana con hielos. “jugo de manzana en las rocas” qué patético asunto.
Pensar en una puta mañanera me da una sensación de pegajosidad (¿existirá eso, la “pegajosidad”?). Una señora gorda, mal vestida, pegajosa, con olores raros pero con muchas ganas de trabajar.
Ojala tuviera dinero…
Llevaba ya tres semanas sin poder encontrarlo. No importaba lo que yo realizara en mi búsqueda, ese maldito personaje siempre se me escapaba de las manos. dado que la imaginación encerrado en el cuarto no me daba para mucho, decidí ir a cazarlo entre bares, cafés, plazas, el centro; pasé todo un día sentado en las plazas del centro, prendiendo un cigarrillo tras otro, junto a un vaso de agua de limón, unas papas o un café, pero nunca se presentó; los ancianos alimentaron a las palomas en la madrugada, los niños las corretearon antes de llegar a sus escuelas, el movimiento en el centro empezó, yo me senté en alrededor de 5 bancas escapando del sol, llegó el hombre que vende pompas de jabón, frente a el un mudo tocaba unas maracas, los boleros abrieron sus sillas y comenzaron a dar grasa, alrededor de las 11 llegaron las diversas publicaciones de la prensa nacional, fue la hora de la comida y yo seguí ahí esperándolo, compré un par de tortas, pasé por un café, las horas transcurrieron y la gente iba y venía junto a ellas, pero el personaje nunca apareció; extrañamente, los bares a los que iba así como los cafés, fondas y demás establecimientos de ese tipo, se encontraban totalmente vacíos, era como si ese personaje me huyera todo el tiempo, no se dejaba encontrar, no permitía que yo lo viera. Decidí ir a buscarlo en Nuevo Vallarta, posiblemente estaba cansado de la ciudad y el quería que yo contara su historia frente al mar o que se yo sobre las cursilerías de este personaje, sin embargo es muy difícil encontrar un personaje cuando pasas tus tardes bebiendo ron desde tu cuarto con vista al mar mientras escuchas “every body needs somebody to love” de los the 13th floor elevators, o el resto de la noche en la barra del lobby bebiendo cerveza en solitario. Si no era la embriaguez, era el vaivén de las olas lo que distraía la mente de la tarea; en ocasiones ambas, embriaguez y olas se ocupaban de distraer para dificultarme aún más mi proceso voyeurista en pro de toparme con el personaje.
Cansado de buscarlo regresé a la ciudad para continuar mi vida bajo la convicción de que mi personaje se había ahogado, mucho antes de que yo llegara al mar. Seguí así mi rutina citadina: el trabajo, los libros, el estudio. Aquel personaje simplemente estaba muerto, no se escondía de mi, no lo había buscado mal, simplemente estaba muerto.
Anoche pasé a la plaza que está enfrente a la iglesia de San Isidro (no recuerdo como carajos se llama esa plaza) a cenar unas gorditas con atole de ciruela, pedí mi orden y prendí un cigarro mientras preparaban mi cena, un tipo se me acercó y me pidió una cerilla, le ofrecí ese encendedor de mala calidad que compré en aquel hotel debido a que no encontré cerillos por el lugar. Prendió su cigarro mientras yo veía detenidamente la flama del encendedor. “toda buena historia siempre empieza con un cigarro entre los dedos” dijo y permaneció inmutado viendo a lo lejos mientras consumía su tabaco. Ahí estaba, ese era el personaje… “aquí está su orden joven” recibí plato y vaso de poliestireno, pagué con un billete de 50 y me retiré debajo de unos árboles, donde nadie me viera cenar.
sinceramente, en estos días no ha habido mucho que decir
-Ya deja de hacer tantas preguntas, ese morral es mágico y ya.
-Maldita sea, yo quiero uno.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Joel, maestro de telesecundaria y estudiante de filosofía, sorprendió en una fiesta de la licenciatura en la que todos habíamos, con las aportaciones de nuestros bolsillos, llenado una pileta con puras “panzoncitas”, “bombas” o “barrilitos”, llámelos como quiera, y Joel simplemente sacaba un bote tras otro de su morral. Aparte de las atribuciones mágicas que le dimos a ese morral por ser una versión real, en vivo y a todo color, del bolso sin fondo de Marry Poppins; descubrimos que las conservaba frías y, mediante las historias que cuenta Joel con cariño sobre su morral, que también es un muy efectivo guía a la casa cando el consiente se encuentra demasiado inconsciente por el exceso de embriagador y somnífero alcohol; solo basta, dice el orgulloso dueño del morral mágico, de susurrarle con cariño “a casa” y dejarse llevar.
Por más que lo he intentado, mi morral; que algunos llaman bolsa y alguien más la nombró como mariconera, y al que yo solamente me refiero como mi-cosa-para-cargar-libros,-libretas-y-demás-porquerías (salvo las plumas, esas las cargo en el pantalón. Antes las cargaba en el bolsillo de la camisa, pero ahora ya no uso camisas y por consiguiente no traigo bolsillos. A veces uso camisas, pero tampoco pongo la pluma en el bolsillo de estas, ya que la tinta siempre suele chorrearse. Creo que una mancha de tinta en el pantalón es menos incómoda que una mancha de tinta en la camisa y, aun no he podido comprobarlo, supongo que ha de ser más útil; aunque no sé en qué forma una macha a la altura de la entrepierna del pantalón puede ser útil.), jamás responde a mis cariñosas palabras que le dicen con toda la esperanza y amor posible que me lleve a mi casa. Por lo contrario, me veo obligado a tener que parar un taxi, sacar mi credencial de elector y decirle al taxista, “a esta dirección oiga”, para después quedar en el sillón del copiloto en un estado de sueño con los ojos abiertos viendo solo el correr de las luces y el subconsciente dando las indicaciones de las vueltas y maromas que ha de hacer el taxi para llegar al hogar. En ocasiones, cuando ni siquiera puedo hablar, solamente señalo la credencial, esperando que comprendan mi improvisado lenguaje a señas. Afortunadamente, mi inconsciente no me ha fallado a la hora de pagar, y jamás he dejado una propinota de doscientos pesos.
Pero bueno, mientras los fantasiosos escritores nos llenan de objetos mágicos inexistentes, como habichuelas mágicas, botas de gigantes que hacen caminar a pasos gigantescos, gansas de huevos de oro, harpas que cantan, varitas con poder, anillos que vuelven a uno invisible pero que en las manos equivocadas hacen que el portador sea la encarnación del mismo Bush en persona, o esos hongos que Alicia suele masticar para terminar sintiéndose muy chiquita, y que cuando se cansa de sentirse insignificarte, los cambia por otros que la hagan ver el mundo desde mero arriba; yo se de un morral mágico capáz de suministrar cervezas frias a su dueño a lo largo de la noche y además llevarlo a tu casa sin temor a amanecer tirado en una banca o algún otro lugar, y que, entre tanto yo no tenga uno, seguiré cargando con mi infalible credencial para votar, confiando en que mi subconsciente no se una a la inconciencia de mi conciente y termine dando tremenda propina de doscientos pesos o algo peor como vomitar en el taxi o llegar a una casa equivocada.
Escuché la extraña historia de una maestra que reprendió al rededor de 180 alumnos por no haber puesto los datos de la portada del trabajo final en una hoja color azul índigo. La indignación de tal maestra se debió a la incompetencia de todos sus alumnos por no poder encontrar una simple hoja color azul índigo. Poco importó el contenido del trabajo. La importancia de la ausente hoja color azul índigo radicaba en el sistema de organización de la maestra, pero teniendo 180 hojas de azules diferentes, su sistema quedó quebrádo causándo frustración en tan loable persona difundidora del saber. Los alumnos tratando de colaborar, de la manera más amable, con el sistema de la maestra, preguntaron por una pista para poder localizar esa hoja color azul índigo, a lo que la maestra respondió "es un azul fuerte, como el azul marino, pero intenso". ante tales explicaciones los dueños de las papelerías no pudieron identíficar tal color entre los miles que tienen en sus hojas empolvadas de exibición. A estas alturas yo me sigo preguntando cómo será el azul índigo, "un azul fuerte, como el azul marino, pero más intenso"; me pregunto si seré capaz de verlo, ya que solo distingo tres tonalidades de azul: azul, azul fuerte (que también nombro como azul marino) y azul bajito. Eso es todo.