Crónica de un cumpleaños
August 20, 2009‘til forever, on it goes
Through the circle, fast and slow
I know, it can’t stop, I wonder
I want to know
Have you ever seen the rain
Comin’ down on a sunny day?
“Yo no soy de aquí. No soy de esta tierra donde he nacido; y en la vida se aprende, aprende el que quiere aprender, que nadie es de donde nació, de donde lo criaron. Que nadie es de ningún lado. Algunos tratan de mantener la ficción y se hacen de nostalgias, de posesiones, de himnos y banderas. Todos pertenecemos a los lugares donde no hemos estado antes. Si hay nostalgia, es de las cosas que nunca vimos, de las mujeres con las que no hemos dormido y soñado y de los amigos que aún no hemos tenido, los libros sin leer, las comidas humeantes en la olla aún no probadas. Esa es la verdadera y única nostalgia” P.I.T. II – Sombra de la sombra
De alguna forma no deseaba que este día ocurriera. No del modo en que este día no llegara para no sentirme más viejo, no. Lo que esperaba era un algo así como cuando se rayan los cd’s y simplemente se brinca la canción.
Esperaba simplemente que este día pasara sin pasar porque de ninguna forma encontraba yo algún motivo que lograra motivarme para festejarlo porque en realidad el año pasó sin ocurrir, como uno de esos experimentos fallidos.
No obstante, el día llegó con los trinos matinales de los camiones de la bodega de enfrente tocando el claxon. No tuve más remedio que levantarme y poner a la lastimera voz de Vicentico cantando un cover de algún grupo estadounidense en compañía Dancing mood. Después de pensar un poco, hice una lista de libros que podría regalarme ese día; cosa que haría después de desayunar mis chilaquiles con huevo en la donceles (costumbre que he adoptado últimamente para festejar mi cumpleaños: un buen plato de chilaquiles con huevo, un jugo de naranja y un café). Hecho el plan, me dispuse a realizarlo.
Para completar mi banda sonora cumpleañera, después de Dancing mood continué con la orquesta de Dizzy Gillespie y culminé con la grandiosa guitarra del señor Lobi Traoré.
Ya encaminado en donceles, habré de aceptar que me equivoqué de fonda por un solo local, dónde me dieron menos chilaquiles de los que yo recordaba del año pasado, pero eso si, en compensación se agregó un huevo extra por el mismo precio continué hacia el zócalo donde tenía existir una manifestación en contra de Ebrart.
Entonces la búsqueda del libro que ya parecía ritual de cada año (en su segundo año). Sucede que alguna vez acompañe a una chica a comprar sus libros para el semestre y entre ellos uno en especial que durante los próximos meses llamaría mi atención gracias a sus comentarios. Como es natural, le pedí que me lo prestara al terminarlo, pero al que acabó terminando fue a mi y fin de la historia (de ella, no del libro). El primer intento que tuve al buscar el libro, sobra mencionar que hace un año, fue infructuoso y este año pintaba igual, incluso bajo amenaza de que dicho libro estaba descontinuado. Sin embargo yo estaba decidido incluso a buscarlo hasta en la editorial. Bajo esa premisa, comencé a caminar por todas las librerías del centro conocidas por mí y revisando libro por libro fué que a la tercera librería lo encontré.
Gustoso por mi éxito, me dirigí a un café que suelo frecuentar cada que visito el centro del distrito y, entre lindas canciones de antaño interpretadas por un señor de edad y la hermosa vista que me daba una muchacha que se comía un helado frente a mi (“perfume de gardenias…”), me dediqué al sosiego de leer “el misántropo” de Moliere (que no es el libro que he comprado, pero si el que está en turno de lectura).
El resto de los gozos y placeres ha transcurrido en una rica comida consistente en milanesa de res, arroz y sopa de calabaza, y las felicitaciones por mi cumpleaños vía sms.
La noche, pensaba coronarla con un pastel pero me recibieron con un plato de mole poblano con arroz y, a estas horas de la mañana, mientras escribo esto intrascendental, fumo mi pipa escuchando a Ron Carter y el murmullo de la lluvia allá afuera. De pronto la ciudad me resulta un paraíso caribeño; mi pequeña buhardilla dónde escribo, como, bebo, fumo, leo, duermo y demás, se vuelve un lugar cómodo para vivir (mientras no mire el puño de libros regados por toda mi cama).
