lunes 12 de noviembre 2007
November 12, 2007Saco mi último par de calcetines del cajón. Están llenos de agujeros y remiendos.
El arrugado paquete de cigarros recuerda que debo de comprar más
Mi pila de ropa sucia y acartonada a falta de agua…
Sin ánimos siquiera de extender las sábanas
No se cuántos días van en que estoy viendo esa fila de hormigas recorriendo todo mi cuarto. ¿Qué buscan en mi cuarto? Aplasto algunas cuantas con mi dedo, no por diversión, no por aburrimiento. Detesto la idea de que subirán por mis pies, por mis brazos; así que yo me subo sobre ellas primero. Qué sepan lo que se siente.
El olor a perfume de puta mañanera de la vecina que ha pasado frente a la ventana se esparce por todo el cuarto haciéndome estornudar.
Odio a esa vecina.
¿De donde se me habrá ocurrido eso de puta mañanera?
Le sorbo al café.
La verdad es que nadie se imagina a una puta mañanera. Una puta mañanera tiene que ser algo de lo más grotesco.
Prendo un cigarro.
Puta mañanera, eso es una genialidad.
Apuesto a que nunca antes alguien había pensado en una puta mañanera.
Me sirvo un jugo de manzana con hielos. “jugo de manzana en las rocas” qué patético asunto.
Pensar en una puta mañanera me da una sensación de pegajosidad (¿existirá eso, la “pegajosidad”?). Una señora gorda, mal vestida, pegajosa, con olores raros pero con muchas ganas de trabajar.
Ojala tuviera dinero…
