-Ya deja de hacer tantas preguntas, ese morral es mágico y ya.
-Maldita sea, yo quiero uno.
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Héctor asintió y le ofreció un nuevo cigarrillo al Hernández, que negó con un gesto y sacó del morral una cerveza fría. ¿Cómo le hacía para tenerlas frías?¿Traía un refri portátil en la mochilita?
DESVANECIDOS DIFUNTOS
Paco Ignacio Taibo II
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Joel, maestro de telesecundaria y estudiante de filosofía, sorprendió en una fiesta de la licenciatura en la que todos habíamos, con las aportaciones de nuestros bolsillos, llenado una pileta con puras “panzoncitas”, “bombas” o “barrilitos”, llámelos como quiera, y Joel simplemente sacaba un bote tras otro de su morral. Aparte de las atribuciones mágicas que le dimos a ese morral por ser una versión real, en vivo y a todo color, del bolso sin fondo de Marry Poppins; descubrimos que las conservaba frías y, mediante las historias que cuenta Joel con cariño sobre su morral, que también es un muy efectivo guía a la casa cando el consiente se encuentra demasiado inconsciente por el exceso de embriagador y somnífero alcohol; solo basta, dice el orgulloso dueño del morral mágico, de susurrarle con cariño “a casa” y dejarse llevar.
Por más que lo he intentado, mi morral; que algunos llaman bolsa y alguien más la nombró como mariconera, y al que yo solamente me refiero como mi-cosa-para-cargar-libros,-libretas-y-demás-porquerías (salvo las plumas, esas las cargo en el pantalón. Antes las cargaba en el bolsillo de la camisa, pero ahora ya no uso camisas y por consiguiente no traigo bolsillos. A veces uso camisas, pero tampoco pongo la pluma en el bolsillo de estas, ya que la tinta siempre suele chorrearse. Creo que una mancha de tinta en el pantalón es menos incómoda que una mancha de tinta en la camisa y, aun no he podido comprobarlo, supongo que ha de ser más útil; aunque no sé en qué forma una macha a la altura de la entrepierna del pantalón puede ser útil.), jamás responde a mis cariñosas palabras que le dicen con toda la esperanza y amor posible que me lleve a mi casa. Por lo contrario, me veo obligado a tener que parar un taxi, sacar mi credencial de elector y decirle al taxista, “a esta dirección oiga”, para después quedar en el sillón del copiloto en un estado de sueño con los ojos abiertos viendo solo el correr de las luces y el subconsciente dando las indicaciones de las vueltas y maromas que ha de hacer el taxi para llegar al hogar. En ocasiones, cuando ni siquiera puedo hablar, solamente señalo la credencial, esperando que comprendan mi improvisado lenguaje a señas. Afortunadamente, mi inconsciente no me ha fallado a la hora de pagar, y jamás he dejado una propinota de doscientos pesos.
Pero bueno, mientras los fantasiosos escritores nos llenan de objetos mágicos inexistentes, como habichuelas mágicas, botas de gigantes que hacen caminar a pasos gigantescos, gansas de huevos de oro, harpas que cantan, varitas con poder, anillos que vuelven a uno invisible pero que en las manos equivocadas hacen que el portador sea la encarnación del mismo Bush en persona, o esos hongos que Alicia suele masticar para terminar sintiéndose muy chiquita, y que cuando se cansa de sentirse insignificarte, los cambia por otros que la hagan ver el mundo desde mero arriba; yo se de un morral mágico capáz de suministrar cervezas frias a su dueño a lo largo de la noche y además llevarlo a tu casa sin temor a amanecer tirado en una banca o algún otro lugar, y que, entre tanto yo no tenga uno, seguiré cargando con mi infalible credencial para votar, confiando en que mi subconsciente no se una a la inconciencia de mi conciente y termine dando tremenda propina de doscientos pesos o algo peor como vomitar en el taxi o llegar a una casa equivocada.