Entrar en su cuarto es un suceso visual. Lo único que ves en el es una cama en el piso con unas cuantas cobijas y por todas partes, apiladas hasta el techo, cajas y cajas de rompecabezas por todos lados. Unas nuevas, otras ya casi desbaratándose; en diferentes tamaños apiladas sin orden alguno, simplemente unas mezcladas con otras.
Jamás pensé ver rompecabezas en su cuarto. Esperaba encontrarlo lleno de botellas, botes de cerveza, cajetillas de cigarros, puños de libros… eran esas cosas las que se le veía consumiendo continuamente, sin descanso, una tras otra; parecía solo dejarlos en extraños momentos de hastío. Pero ¿un rompecabezas? Este tipo no era de esos que te imaginabas armando un rompecabezas.
Notó mi sorpresa y dijo: "los rompecabezas son los únicos que me causan satisfacción. Cualquier otra cosa o actividad o persona simplemente les encuentro incompletas, insuficientes. No hay un ‘qué’ a lo que no pueda pedirle más, salvo un rompecabezas. Los rompecabezas son una maravilla. Son la única cosa que puedo considerar que está completa. Lo terminas de armar y no queda más que hacer, lo tomas por partes y lo dejas cuidadosamente olvidado en su caja". Mientras daba su explicación, tomó una caja de una de las pilas, rasgó los bordes sellados y desparramó todas las piezas sobre el piso.
"Vale", le dije disimulando el asombro, "yo solo vengo por una cosa, así que tú dime dónde guardas los libros".
